El caballero de la noche  

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El triunfo del caos, la impotencia del sistema
Por Erick Estrada

Vamos a fantasear un poco. Dejemos que las sombras de la enorme ciudad Gótica bajen hasta las calles y mantengan a la urbe en una noche perpetua aún a mitad del día. Vamos a fantasear más, pensemos que debajo de esas sombras, a pesar de que ahí se esconden los males de la sociedad occidental y sus deformaciones, se está mucho mejor… y quizá sea precisamente por ello.

Esa es la premisa de la que parte Christopher Nolan para armar la segunda parte de su saga sobre uno de los héroes menos heroicos (ya sé que suena horrible, cacofónico, redundante, pero así es) en la historia de la mitología moderna: Batman.

¿Podemos fantasear más? Muchos, teniendo ahora dos películas de Batman con Nolan al frente, dirán que su Batman es mejor que el de Tim Burton, pero yo insisto en que se trata de un homenaje y que simplemente son dos maneras distintas de abordar a la misma figura. Tenemos a dos autores hablando de los mismos problemas y, aunque los dos ejercitan la misma gramática (la cinematográfica), la forma y por supuesto los resultados, cambian drásticamente.

Tim Burton es un autor poco complaciente, incluso en los proyectos que realiza por encargo. No importa qué película desarrolle, el resultado siempre significa una inmersión a su cabeza, a su cerebro, para que veamos la historia que nos va a contar desde sus ojos (¿recuerdan a Quieres ser John Malkovich?, pues algo así). Batman no podría ser la excepción. Al al darle cuerpo y habitantes a su Ciudad Gótica, las cosas se distorsionan para hacernos saber cómo los ve Burton. Su mundo, mecanicista, casi en blanco y negro, de una oscuridad de luna nueva bajo la cual las texturas se vuelven plásticas (ahora quiero que piensen en El joven manos de tijera) y las almas de sus personajes prácticamente sintéticas.

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El Batman de Burton (y en esta ocasión nos centraremos en el segundo) es así, oscuro, violento, pero romántico y cálido cuando se quita el traje. Su mundo, el de un falso oropel y de elegancias fingidas pues en esa ciudad se manifiestan las deformidades y enfermedades del sistema, un sistema que el propio Burton ha cuestionado desde siempre. Batman es un ser contradictorio pero un poco más noble, un fenómeno que vive entre fenómenos, casi a la par. Plástico, juguetero, pero sangriento y sexual. Los dos mundos que oprimen a Burton se dibujan tanto en el personaje como en sus enemigos, El Guasón (que responde a las mismas reglas estéticas y por eso fue interpretado por Jack Nicholson y caracterizado de esa manera), El Pingüino (que es quizá el más violento de los tres) y Gatúbela (que recibe en El caballero de la noche un guiño elegantísmo y sutil que reafirma el homenaje de Nolan a Burton con esta nueva saga). El mundo de ese Batman es el mundo de Burton.

Con Nolan las reglas son distintas. Imaginativo pero menos fantasioso, su escuela y sus manifestaciones son las del realismo y, si nos permitimos la fantasía original (la de las sombras de Ciudad Gótica descendiendo, etc, etc, etc), ese realismo es maleable pero sólo para cumplir la misión (enorme y complicada) de narrar las desventuras de Batman, porque el suyo es justo así, desventurado, desalineado, complicado y oprimido… ¿por quién? Exacto, también por el sistema.

Sin embargo, Nolan demuestra en esa segunda cinta de la nueva saga que lo suyo es hacer realista y creíble la oscura figura de un hombre disfrazado de murciélago volando por entre los rascacielos de una ciudad decadente y opresora. Y tan lo es (y lo logra), que ahora vemos a esa misma ciudad como hacía mucho no la teníamos: de día y con soles resplandecientes, sin lluvia, sin nieve, sin contaminación y (al contrario de Burton) sin basura.

Si la misión de Nolan es hacer creíble sus historias y ésta en particular, hará que la basura hable y camine en cuerpos de policías corruptos, mafiosos de todo tipo (chinos, japoneses, afros, latinos, rusos y por supuesto italianos) y de los que tanto sus héroes como sus villanos (Batman más oscuro y armado que nunca y El Guasón, lleno de cicatrices que le confieren veracidad) se contaminan.

Su mundo, su Batman, está pensado así, para ser casi veraz y tangible y por eso es que impacta más, aunque el método (propio del personaje) sea el mismo que el de Burton: manifestar en sí mismo las contradicciones de la civilización occidental.

El caballero de la noche tiene así una enorme herencia del más puro cine negro americano de los años 30 y juguetea con el de la nueva era, que comenzó con El padrino y que alcanzó a personajes como Tony Montana en Caracortada y a Billy Costigan en Los infiltrados, de Scorsese. Batman ahora está fatigado y después de haber peleado desde siempre contra la escoria de Ciudad Gótica (a la que le urge un amanecer, pivote dramático de la historia), se encuentra con un villano que es un reflejo deformado de él mismo.

El Guasón de Nolan, interpretado con manías desquiciantes por Heath Ledger (esto es un cumplido) cuenta sus cicatrices y las exhibe mientras que Batman las cuenta pero las oculta. El Guasón opera con el dinero como medio, pero no como fin… Batman también usa el dinero como medio, no como fin. El Guasón es impredecible, voluble y necio, igual que Batman, al que sin embargo llamamos sorpresivo, inteligente y perseverante. El Guasón ama la violencia y se carcajea mientras es vehículo o víctima de ella. Batman adora la violencia, pero engola la voz para que nadie detecte sus sentimientos. Uno está lleno de color aunque con ropa a la medida, el otro viste una coraza negra, ¿qué creen?, también hecha a la medida.
Entonces ¿por qué se enfrentan estos dos?

Uno es el orden que respeta una sola regla: no romper las reglas. Batman es un antihéroe nihilista y ególatra para el que las reglas tradicionales del sistema no han funcionado. Opera por venganza y no por amor a la justicia, pero tiene un código de la violencia. Su motivo es el resentimiento y sabe que el camino recto no siempre es el mejor, especialmente con una policía tan corrupta como la de su ciudad.

El otro es el caos, de las causas pequeñas y los grandes efectos. El sistema tampoco ha sido benevolente con él (un sistema que además de todo lo obliga a “sonreir”), ha sido maltratado, abandonado, golpeado. Lo han confundido y él en respuesta ataca con lo único que el sistema no puede tolerar: abandona su identidad y se vuelve un delincuente que no busca ser millonario.

El caos y el orden chocan en la película de Nolan y esa es su mayor aportación, pues lo hace de una manera mucho más clara a como lo había presentado Burton. El caballero de la noche es el sube y baja en que juegan la locura y la ¿cordura?... no, en él se balancean las leyes naturales del único depredador que sólo busca entretenimiento: el ser humano. Una parte oscura y otra parte más oscura.

La historia de Nolan (escrita al alimón con Jonathan Nolan… ¿así o más personal?), desenmascara también y a partir de ese choque del caos y del orden, a la supuesta democracia en la que viven los Estados Unidos, todo a través de una secuencia que si bien es blanda, pugna por una necesaria reconciliación ciudadana en un país que, a decir de Nolan (algo que comparto al cien por cien) ha transitado por una dictadura blanda y corta, más por la ignorancia de sus perpretadores que por la acción de sus ciudadanos. Es justo a la mitad de esa secuencia, cuando ese caos y ese orden le dan la vuelta al mundo (y la cámara lo hace con ellos, toque magistral de un director que ahora sabemos trabajó inspirado y clavado en la textura) discuten y lanzan argumentos que no hacen sino igualarlos y hacernos ver que los dos son caminos válidos. Los “buenos” y los “malos” vuelven a unirse y a fundirse en uno solo.
Justo de ese punto emerge la épica de su final, que transforma a Batman en un animal cazado y en un cazador encubierto al mismo tiempo. El caos y el orden se unen para mantener el caos en que vive el orden del sistema, que según Nolan es incapaz de mantenerse fundado en la verdad y que necesita engañarse a sí mismo para sobrevivir. De ahí que deduzcamos que el sistema está enfermo y que requiere tanto del mal como del bien para mecerse a sí mismo en el sube y baja donde pelean ambos. Otra vez, el balance oscuro, la locura y la cordura, el caos y el frágil orden.

Batman era ya el elemento patético de Ciudad Gótica (representación del ideal del sistema occidental y su lógica centrada en la razón), pero ¿qué ocurre cuando otro elemento caótico, El Guasón, se enfrenta al primero? La lucha se recrudece y todos estamos en medio.
Para Nolan no hay héroes. No hay villanos. Quizá tampoco amanezca cuando la noche es más oscura. Es probable que tampoco haya futuro. De ahí que su final sea tan épico como desesperanzador. Un héroe nihilista más ha llegado a nuestra lista.

Epílogo
Me atrevo a decir que Nolan elaboró uuna película complaciente. El caballero de la noche es, efectivamente, una película poderosa, oscura, violenta, pero pensada para el más amplio de los mercados y esa es su falla principal. No hay sangre, no hay violencia gráfica (de hecho sus encuadres son de una propiedad apabullante), no hay UNA SOLA MALA PALABRA.
¿El caballero de la noche necesita de eso? Si estamos frente a un cuestionamiento al sistema… lo que sí puedo decir es que ni a El Padrino ni a Caracortada les hizo daño… todo lo contrario.

El caballero de la noche
(The Dark Knight, EUA, 2008)
Dirige: Christopher Nolan
Actúan: Christian Bale, Heath Ledger, Aaron Eckhart, Michael Caine, Maggie Gyllenhaal, Gary Oldman
Guión: Christopher Nolan, Jonathan Nolan
Fotografía: Wally Pfister
Duración: 142 min.

 

 
   
 
 
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