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Hellboy y el Ejército Dorado
Las películas de Guillermo del Toro habitan en una dimensión aparte. No son películas para niños, pero tampoco son cintas para adultos. Se ubican en un tibio punto medio entre lo ingenuo, lo tenebroso, lo monstruoso, lo metafísico y lo francamente ñoño. Son películas eficaces que capturan la personalidad de su creador -tal vez un poco mas de lo que él mismo desea-, evidenciando al niño miedoso que nunca pudo mirar debajo de la cama, bajar solo al sótano o mantener la vista en las sombras que se proyectaban en su ventana por las noches. Son documentos de un cineasta que se ha arrancado las raíces borrando cualquier rastro de “lo mexicano” en su obra. Exilio artístico, auto impuesto, de un país que no le ha dado paz, tranquilidad, respeto, o seguridad. Por medio de lo tenebrosamente cinematográfico combate a sus propios monstruos. De la Condesa a los monstruos Esta maravillosa experiencia, según él, de reconocer tu entorno en la pantalla y al mismo tiempo reconocerte a ti mismo es algo que él ciertamente no practica, algo que no encaja en su estilo cinematográfico, y honestamente es algo que a mi no me emociona demasiado. Para empezar, casi ningún director mexicano quiere que su película parezca mexicana, todos quieren hacer parecer a la ciudad de México como Nueva York, o mínimo como una colonia Condesa extendida de Satélite a Coapa, con un pequeño bachecito en las zonas ruinosas de Observatorio a Santa Fe. (Y ni me hagan empezar con las directoras mexicanas, esas son las peores en cuanto a descripción de entorno, pero ese es asunto de otra entrega.) Y cada día nuestro entorno está caricaturizado en las telenovelas que inundan todas las pantallas de tele, así que lejos de reconocernos, nos confunde. Esa entrevista llega a mi memoria cada vez que veo una película de Del Toro, porque, aunque alaba a su amigo Cuarón por hacer una película mexicana en México, él sistemáticamente ha borrado cualquier rastro de “lo mexicano” de sus películas. Basándonos exclusivamente en ellas, es imposible detectar si el autor nació en Los Angeles o en Barcelona. Inclusive en algunos momentos he llegado a dudar si Del Toro es mexicano, en serio. Ha habido entrevistas para la tele española en las que lo he oído "sesear" como el más vulgar de los futbolistas mexicanos, que tras vivir 25 años en Tlatelolco, después de 15 días en Valencia, olvida cómo pronunciar "Xochimilco". Pero dejemos eso a un lado. Las fronteras no existen en el arte, Y si Memo Del Toro ha decidido ser un ciudadano universal creo que lo ha logrado de manera brillante. Sus películas son entretenidas y visualmente eficaces, poseedoras de atmósferas en su mayoría lúgubres y de pequeños universos verosímiles al interior de la lógica de la película. Algunas veces son más un catálogo de servicios de maquillaje y efectos especiales, que piezas provistas de poesía y humanidad. Pero reiteradamente existen la orfandad, el abandono, la culpa, el personaje solitario como temas recurrentes sobre lo humano y dadores de profundidad. Y los monstruos... los monstruos, todas estas criaturas a las que Del Toro ha confesado estar profundamente ligado, tal vez en un intento por enfrentar sus miedos personales; pueden ser criaturas de mil tentáculos y fauces voraces, cucarachotas asesinas o pequeños espectros en la figura de niños aterrorizantes. Monstruos en la mas básica de las encarnaciones cuyo único simbolismo es lo aterrorizante, no hay una metáfora, una representación, son sólo monstruos, y generalmente, muy bien hechos.
Antes del Laberinto Hay también una solvencia en el trabajo de elección y dirección de actores: Mira Sorvino en Mimic (EUA, 1997), Marisa Paredes en El espinazo del diablo (España-México, 2001), Maribel Verdú en El laberinto del fauno, todas interpretan personajes fuertes, complejos y creíbles gracias a actuaciones sobresalientes y precisas indicaciones de dirección. Aceptémoslo, Cronos es una película menos que memorable, pero fue una carta de presentación, una especie de catálogo de las habilidades de Del Toro en una época de vacas flacas en el cine nacional, es, por decirlo así, su demo. Mimic fue la novatada en el cine gringo, un constante chocar de cabezas con los ejecutivos del estudio y la manchadez de no dejarlo usar a su fotógrafo de cabecera, Guillermo Navarro. Blade 2 es un tropiezo, un sacrificio, pero al mismo tiempo una puerta hacia el proyecto de sus sueños: Hellboy. El amorío post Fauno
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