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¿Humaniza a un asesino o retrata a una generación?
Entramos al terreno de la mitología, en donde los héroes y los villanos se enfrentan en los cielos para que nosotros, simples mortales, aprendamos la lección en cabeza ajena, para que evaluemos nuestros actos y nuestras conciencias, para que veamos lo pequeños que somos frente a semejantes figuras y, sobre todo, para que nuestra humanidad se sienta aún más pequeña ante los poderes del universo. Pelean para que nos entendamos a nosotros mismos. La historia Capítulo 27 cuenta, sencillamente, los días en la vida de Mark David Chapman previos a que se decidiera asesinar a Jonh Lennon. Chapman, lo sabemos todos, sentía una profunda admiración por Lennon y fue esa admiración la que acabó mal encausando sus energías para que, en un delirio de megalomanía y confusión, viajara hasta Nueva York en diciembre de 1980 para acabar con la vida del Beatle. Él, Chapman, veía en John Lennon a un Zeus con guitarra que lanzaba mensajes en sus canciones, pero mensajes que al mismo tiempo revelaban la cara “hipócrita” y “falsa” de una estrella de rock engullida por una sociedad no menos cruel e igualmente hipócrita. Así, Zeus llama y repele al mismo tiempo a un humano que quiere estar en el Olimpo con él, tanto para expresarle su admiración como para echarle en cara sus errores. El humano quiere ser dios y la única manera de conseguirlo es asesinando a uno. La película, ópera prima de J. P. Schaefer basada a su vez en el libro “Let Me Take You Down” de Jack Jones, narra ese proceso desde la perspectiva del humano que quiere pisar el Olimpo. Curioso. Es probable que por esa intención de dibujar la figura de Chapman, es que la película cuente con un lado perversamente malo (como cinta) y otro sociológicamente más interesante (en el subtexto). Schaefer armó una historia llena de nostalgia en la fotografía, una nostalgia que desdibuja de manera muy efectiva la frontera entre la realidad y la ficción: a fin de cuentas todo está siendo contado desde la mente desequilibrada de un chico de 25 años.
Las atmósferas de la película son ocres y deslavadas, con la horripilante ropa del tránsito entre décadas reforzando la visión de una ciudad hostil y en busca de respiro. Si a eso agregamos la actuación de Jared Leto, que independientemente de haber engordado más de 30 kilos para interpretar al asesino de John Lennon, entrega un trabajo sobrio y convincente, la película se convierte, muy probablemente de manera intencional, en un peso casi insoportable, plomizo, denso, retorcido, constante. Estamos dentro del personaje y empezamos a escuchar las voces en su cabeza. La humanización de Chapman Cuando el asesinato de Lennon ocurrió, Yoko Ono y Paul McCartney pidieron a los seguidores de los Beatles que el nombre de quien le había quitado la vida a Lennon nunca fuera mencionado jamás, todo en un intento por aliviar su duelo y claro, no entendiendo que aunque Chapman aspiraba a entrar al Olimpo, tenía una intención más escandalosa, escondida (y quizá no tanto) en su relación con la novela “El guardián entre el centeno”, de J.D. Salinger. El asunto es que en su película, Schaefer más que humanizar al personaje hace un buen intento por entrar en su cabeza, atosigada por los mensajes de un mundo que en esa década (la de los 80) declaraba su propia decadencia y confusión ante un futuro que se veía igual de claro que la fotografía de Capítulo 27: oscuro, nebuloso, sucio, corrupto. En varios discursos fuera de cuadro, Leto hace un intento por mostrarnos que entre la religión (hay una secuencia en la que Chapman agrega el apellido Lennon al Evangelio según Juan, en una Biblia), su propio desequilibrio (está a punto de golpear dos veces a Lindsay Lohan, que hace el papel de una no menos mítica “Jude”, y por supuesto la saca de onda más de una vez) y su identificación exagerada con Holden Caulfield, personaje central de “El guardián entre el centeno” (en la película firma más de una vez con ese nombre), Chapman vivía en un mundo paralelo, enfermo y desquiciado, lleno de odio y con una falta de atención abrumadora. El intento de Leto es por meternos en la mente de este hombre, no de humanizarlo (pues además lo dibuja repelente y lejano) y lo consigue a ratos, los mejores de la película. Las trivias Teniendo eso en cuenta (y viéndolo en la pantalla), es que entre ese peso excesivo que la película puso a nuestras espaldas, la caracterización de Leto, la fotografía que consigue dejarnos un mal sabor de boca (intencionalmente, claro), la dureza del Nueva York retratado por Schaefer y las vueltas zopiloteras de Holden Caulfield en el guión, encontramos más que la humanización de un asesino (humano, claro, pero humano culpable de un delito): Capítulo 27 logra una metáfora de la generación que vió al rock convertido ya en una obra de teatro llena de lujos y excesos que nada de libertario tenían. El hombre que Leto lleva en su engordado cuerpo no es ni la humanización de un asesino ni quien levantará de nuevo la figura de Lennon para devolverlo al nicho del ídolo. Salpicado del desencanto de “El guardián entre el centeno”, el nacimiento de una década y la repetición casi mántrica de la palabra “falso” y “farsante” en el guión (herencia también de Sallinger), ese hombre representa la necesidad de un cambio, de una nueva revolución y el rechazo a un mundo voraz, capaz de engullir a los dioses más respetados. La música acabaría intentando de nuevo el cambio, pero la violencia acabaría por transformarse en vehículo y freno de esa transformación. En ello está la mayor cualidad de la cinta, en evidenciar una época habitada por dos generaciones (por lo menos) sin rumbo y sin guías. Reconociendo la historia (con sus héroes y sus villanos) es como las sociedades se conocen y este capítulo es precisamente uno de los que le hacían falta a la historia gringa.
Hablando de John Lennon, el actor que lo interpretó en Capítulo 27 se llama Mark Lindsay Chapman, “Mark Chapman” para los cuates... aunque con el “Lindsay” (que es el nombre de la co estelar de la película) en medio. FICHA TÉCNICA PONGÁMONOS TÉCNICOS PONGÁMONOS RUDOS |
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